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La importancia del conocimiento histórico en las sociedades modernas

21 Ene

René León Valdez

La enseñanza y la investigación histórica dentro de las instituciones educativas han modificado las técnicas y herramientas para analizar los acontecimientos históricos desde una nueva mirada crítica y social. Hasta hace algunos años, la historia se mantenía como una disciplina solitaria cuyos vínculos con otras disciplinas no eran claros para muchos especialistas. En la actualidad, la situación se mantiene casi en el mismo estado, sin embargo, se han dado los primeros pasos para que la historia establezca lazos con otras ciencias sociales para enriquecer el conocimiento y el aprendizaje de los estudiantes. Hoy en día existen variantes de la historia como la económica, agraria, social, demográfica, urbana, cultural, de género, microhistoria, historia de los pueblos sin historia o de los grupos subalternos, de las mentalidades, etc.

Durante la segunda mitad del siglo XX  se dio un incremento en las publicaciones de todo género y de cada una de sus especialidades o áreas temáticas. Lindsay Waters impuso un orden en la forma en cómo los investigadores estaban llevando a cabo sus procesos metodológicos como un requisito indispensable para acceder y ascender a los puestos del profesorado universitario. En un escrito publicado por Waters se hace hincapié en dos factores que amenazan la estructura de las humanidades: la proliferación de obras que no aportan nada al conocimiento significativo de las humanidades y de la historia, y la radicación en las universidades de un “medidor” que le otorga más prioridad a los resultados cuantitativos que a los cualitativos en la producción académica, es decir, que el producto final tiene un valor mucho mayor que la utilidad que pueda brindar a la sociedad en su desarrollo.

Aunado a los factores antes mencionados, es importante mencionar las condiciones de trabajo en las que laboran los profesores universitarios en la actualidad y los esquemas neoliberales que predominan en las instituciones educativas. Los recortes financieros a los presupuestos de escuelas y universidades tienen un impacto negativo en la formación profesional de los estudiantes como los recortes a la contratación de profesores y la inestabilidad de sus contratos, sumado a ello la reducción de inscripciones y egresados en idiomas extranjeros, historia y ciencias sociales, donde también hacen su aparición la deserción de las escuelas y los altos índices de reprobación en las áreas antes mencionadas. Sin duda, los gobiernos que se guían bajo los esquemas capitalistas inclinan más su atención, tanto presencial como económica, a las ciencias duras sobre las humanidades, lo que ha provocado una reducción al presupuesto de las humanidades, trayendo como consecuencia la eliminación de áreas, actividades y profesorado.

El punto de preocupación que se manifiesta en las instituciones de educación básica, media superior y superior de México, tanto en los programas académicos, en los centros dedicados a la investigación, y en la formación de las nuevas generaciones y medios de información, es el espacio cada vez más reducido que ocupa la enseñanza del pasado en los procesos de enseñanza-aprendizaje en las escuelas, donde la estructura de la historia se ha convertido en algo mecánico, memorístico y superficial ocasionando que los estudiantes no sientan interés por aprender la historia de su país y mostrando una actitud de apatía hacia todo lo que tenga que ver con fechas, nombres, lugares y acontecimientos. La historia pierde cada día su papel como ciencia de la diferencia y como instrumento de comprensión de la diversidad y pluralidad propias de las comunidades humanas.

Hay que agregar a lo anterior una preocupante distorsión en el ejercicio de la profesión de historiador: éstos comienzan y tienden a escribir más para ellos mismos y los de su “especie” que hacia la sociedad en general, utilizando un lenguaje técnico que sólo ellos consideran capaces de descifrar. Chris Hedger describe las características de dicho lenguaje: “Es un signo del especialista y del elitista, bloquea la comprensión universal. Inhibe al iniciado para hacer preguntas desagradables. Destruye la búsqueda por el bien común. Encierra a las disciplinas, facultades, estudiantes y finalmente expertos en compartimentos estancos, especializados. Favorece que los estudiantes puedan retraerse en temas atractivos pero de escasa importancia y olvidar las cuestiones morales, políticas y culturales más relevantes”. El conocimiento histórico enseña que desde tiempos ancestrales los seres humanos se organizaron en grupos, tribus, pueblos y naciones donde la característica más importante es la solidaridad. Es el conocimiento que desvela la naturaleza de los seres humanos y nos acerca a los instrumentos que contribuyeron a fortalecer esos vínculos: lengua, etnias, indumentaria, relaciones económicas, estilos de alimentación, el territorio, los vínculos familiares y la organización política. Profundiza el análisis de esos procesos, lo que le da un carácter liberador y no de “fetichización”.

Referencia

Florescano, E. (2012). Historia y ciudadanía. Nexos. Obtenido el 5 de octubre de 2013, de http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2102959

 

La investigación científica en México: Descentralización y oportunidades de desarrollo

14 Ene

René León Valdez

El desarrollo científico en México no ha tenido un avance positivo desde finales de los años setenta a la época actual, mostrando un proceso lento e incipiente que ha devenido en un impulso casi nulo a la investigación por parte del gobierno y de las instituciones. Una de las causas se debe a la concentración de centros especializados en la capital, mientras que en la provincia son mínimos los centros que existen para la formación de investigadores. Mientras que en la metrópoli  convergen los conflictos sociales, la evasión, neurosis, ideologías y falta de comunicación, en la provincia lo que se encuentra son la falta de oportunidades de trabajo, pobreza, sumisión, falta de repercusión y una esclavitud dentro de las instituciones educativas. La concentración de los centros de investigación en la Ciudad de México, lejos de traer una estabilidad y progreso al desarrollo de la investigación científica, traen consigo una falta de coordinación entre los investigadores mostrando cada uno sus verdaderas cualidades: los que no saben, los que nos les gusta investigar, roces y cambios de personalidad, entre otros aspectos que dejan mucho que desear.

La crisis de los centros de investigación en la metrópoli se hace visible en la escasa producción de libros y artículos, y en una saturación de personal que no contribuye a los objetivos académicos y profesionales establecidos por la institución. Los artículos científicos y su impacto en el mundo de la investigación son los mejores y más poderosos medios de que uno dispone para medir la calidad y eficiencia de los institutos científicos. Pero la crisis deviene en emergencia cuando los especialistas, que deberían servir lealmente a la institución, evaden sus funciones dentro del mismo para ir en la búsqueda del sector gubernamental con el objetivo de aspirar a un puesto de prestigio que no demostrará sus capacidades dentro del ramo, sino que pondrá de manifiesto su ambición.

Para González y González (2002), en la ciudad de México se concentran los tres peligros que pueden poner en riesgo la labor científica: “el poder, el dinero y la fama” (p. 344), además de que la ciencia puede perder a muchos aspirantes debido a la tentación de las “chambas administrativas, por el confort y por el deseo de salir en la tele, o hacerse del micrófono o ser el centro de la fiesta” (p. 344). Otro problema que se hace presente en los centros de investigación de la ciudad de México es la ausencia de ética en el planteamiento y desarrollo de los proyectos científicos. La verdad ha dejado de ser el principio fundamental de la mayor parte de los institutos capitalinos donde, en vez de preocuparse por el conocimiento de la realidad, los investigadores enfocan su atención en no ser considerados opositores al régimen, mantener sus principios de ideología política actualizados, por el ansia de transmitir lo que la gente culta quiere oír, más no lo que de verdad necesita oír. 

El panorama en los centros de investigación de provincia cambia radicalmente. A pesar de su escasez y falta de apoyo gubernamental, en los institutos foráneos abundan los problemas y temas en busca de estudio y de un autor que pueda incursionar en ellos. En provincia la originalidad se puede lograr con mayor calidad y eficiencia puesto que todavía existen aspectos por conocer de la nación mexicana. La riqueza de una realidad palpable no necesita de las cuestiones ideológicas para su estudio, no se queda en la simple erudición, en el almacenamiento de datos sin sentido. Sin embargo, los investigadores de provincia se enfrentan a aspectos regionales y locales como el poco oficio, la escasez de la formación profesional, la proximidad a la brujería, en el desarrollo de su formación profesional. El Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT) se encarga de proporcionar el apoyo necesario a los institutos, sean de la capital o de provincia, con el objetivo de que se implementen medidas para un desarrollo adecuado de la investigación científica.

Desde su creación, se han establecido programas de investigación y escuelas formadoras de investigadores, además de que se dispone de un sistema de becas que permite enviar a estudiantes de intercambio a universidades de países desarrollados con el objetivo de cosechar buenos científicos que implementen sus capacidades profesionales en regiones extranjeras. Se han incrementado los premios a la labor científica, consolidados en la creación del Sistema Nacional de Investigadores, además de un aumento en las publicaciones donde se dan a conocer los frutos del trabajo  de los investigadores en diversas disciplinas y áreas de estudio: físico-matemáticas, biomédicas y humanísticas. La descentralización de la investigación científica puede traer aspectos positivos para el desarrollo intelectual y científico del país.

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la historia. México: El Colegio Nacional. 

Cómo hacer investigación histórica por medio de la microhistoria

7 Ene

René León Valdez

Una región es entendida como un ámbito territorial que se puede recorrer de punta a punta en un periodo especifico de tiempo, pueden ser dos días si se usa un transporte tradicional, y dos horas si se va en automóvil propio. Una región puede alcanzar una superficie promedio de diez mil kilómetros cuadrados, y sus condiciones naturales son uniformes, casi toda la gente trabaja en lo mismo y los vínculos mercantiles suelen ser estrechos. Los límites de cada región son indefinidos y cambian constantemente. Existen y han existido varios geógrafos que han emprendido el censo de las regiones de la república mexicana: Ángel Bassols Batalla, Claude Bataillon, Claudio Stern, entre otros. La mayoría de ellos coinciden en el señalamiento de un México con casi dos centenares de regiones, algunas tan precisas y claras como el Bajío de Guanajuato y otras menos conocidas que no tienen un nombre oficial.

A partir de la Constitución de 1824 quedó establecido que nuestro país se integraba con estados ya existentes desde tiempos de la Colonia, conocidos en esa época con el nombre de intendencias y provincias, ya fuera en el centro o en el norte del país. La nueva constitución se dio a la tarea de hacer un deslinde preciso, en delimitarlos sin lugar a confusión. En la actualidad, la República Mexicana se conforma por 32 estados sin problemas de limitación territorial. En México abundan los libros sobre pequeñas regiones, terruños, patrias chicas, etc. Algunos se conservan bajo la transmisión oral de generación en generación; otros, manuscritos; varios más, en forma de mecanogramas y mimeogramas; y los menos, impresos. No existe ningún catálogo exhaustivo que recopile estas obras de importancia histórica para la región donde se realizaron.

En los últimos treinta años la producción de monografías municipales ha crecido de forma constante, realizándose obras monumentales, chicas, legibles e ilegibles, algunas más llenas de falsedades y mentiras, con profesionalismo y sin él, etc. La necesidad persiste en llevar un orden sobre la elaboración de estos trabajos que intentan rescatar tradiciones, costumbres, historia, personajes y sucesos de un lugar determinado. Las historias regionales no abundan ni tienen promotores en los institutos de investigación histórica. Son escasas y buenas, aunque en la mayoría de las veces son poco profesionales. Tienen lectores que sin ninguna presión las leen ávidamente. Sin embargo, el problema que salta a la vista es que maestros normalistas y algunos profesionales de la historia han incurrido, de grado o por fuerza, en la elaboración de historias de México, donde lo patriótico hace su aparición desde los primeros capítulos, al igual que un desfile de héroes y personajes.

Uno de los personajes que promovió la elaboración de monografías regionales fue Jaime Torres Bodet y gracias  al fomento que realizó de ellas, aparecieron varios escritos en la Biblioteca Enciclopédica Popular. Desde ese entonces hasta la actualidad se han elaborado trabajos similares que recopilen documentos históricos regionales. Sin embargo, su elaboración implica aspectos positivos y negativos que pueden demeritar o exaltar la calidad de dichos documentos. Es necesario repensar su contenido y su forma. Su nula realización radica también en la forma de elaborarlas. Para poder realizar monografías con un estilo preciso, profundo y, sobre todo, histórico, es deseable que el monógrafo de cada entidad federativa sea una persona muy vinculada con el estado sobre el que escriba y que haya escrito con anterioridad sobre él. 

Los escritores deben tener aptitud para escribir y compilar la monografía con profesionalismo, es recomendable cierta uniformidad en el asunto y en la manera de exponerlo. Se espera que cada una dé una imagen global de la entidad, describa sus paisajes, relate su historia y analice diversos aspectos como su economía, la sociedad, la política, la cultura y sus relaciones con el exterior. Conviene caracterizar cada uno de los paisajes o regiones fisiográficas que engloba el ámbito estatal. La parte histórica debe abarcar la vida de los gobernantes, de las organizaciones económicas y sociales pasadas, de los valores de antaño y de los vínculos que ha tenido la entidad en cuestión con el país y las demás entidades. Se requiere que las nuevas monografías enfaticen la parte contemporánea de la entidad, sin olvidar lo pasado. La última parte en la elaboración de las monografías correspondería a la redacción clara y precisa del texto, además de cuadros, gráficas e ilustraciones que acompañen a la publicación.

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la historia. México: El Colegio Nacional. 

Eventualidades del trabajo microhistórico

31 Dic

René León Valdez

El trabajo de investigación microhistórico se enfrenta a una serie de eventualidades por parte del investigador histórico, las cuales, debe sortear para poder llevar a cabo su tarea con una precisión y veracidad puntuales que no deje lugar a dudas sobre el trabajo en el cual ha dedicado gran parte de su tiempo. Sin embargo, son muchos los obstáculos a los cuales se enfrentan los microhistoriadores que inician la aventura de realizar trabajos históricos sobre el origen de poblaciones específicas con el objetivo de desarrollar un trabajo más amplio sobre la historia nacional partiendo, primeramente, de lo provinciano. Para González (2002):

          “El pecado original del reo en este intento de juicio quizá provenga de la triple circunstancia de haber nacido en provincia, en mala hora y en hogar anacrónico. Es innegable que la metrópoli permite el nacimiento de historiadores de la especie anticuaria. […] Comoquiera, el vientre metropolitano produce mucho mayor número de historiadores monumentales y científicos. También el hormiguero chico incuba personas especializadas en aprontar como modelos de buen vivir a héroes y santones del pasado nacional o en rehacer el tejemaneje del mundo histórico en su conjunto” (p. 113).

Para el especialista en microhistoria, los puntos de vista e ideologías conservadoras son el pan de cada día entre los individuos que viven tanto en las ciudades como en los pueblos locales. No es para menos: una larga tradición familiar de antaño permea en la vida actual de las personas modos y estilos de vida que reproducen las viejas prácticas donde no se podían cuestionar determinados hechos o acciones si no se quería caer en “pecado capital” por cuestionar las enseñanzas transmitidas dentro de la familia y en los recintos escolares. Es decir, al microhistoriador mexicano le brota lo conservador por tres razones: por provinciano, por ser perseguido en su provincianismo y por ser descendiente de alguien, sea de familia de grandes señores, tal vez hoy sin brillo por la pobreza; sea de familias de mediana, quizá también venidas a menos.

La curiosidad por desentrañar los misterios que ocultan los árboles genealógicos familiares, así como del pueblo donde se ha nacido es el principal factor para que el trabajo del microhistoriador tenga mayores beneficios, tomando en cuenta que en cada familia se pueden descubrir a figuras y episodios de la estirpe. Es comprensible que un descendiente de la familia sienta interés por el pasado y sacie su inclinación histórica con las diversas redes de recuerdos familiares. Sin embargo, lo más común y más difícil contra lo que se lucha en el trabajo microhistórico es seguir estando atrapados en el vicio del conservadurismo, seguir siendo un ser de antes, muy dado a lo antiguo, con mucha devoción por lo caduco y con poco oficio o sobra de ignorancia o un defecto que la mayoría de las veces ya se posee por herencia: la afición o el diletantismo.

El problema mayor radica en la educación que se imparte en los recintos escolares donde no se dan las suficientes destrezas requeridas para que los estudiantes aprendan historia. El niño interesado por los hechos históricos debía y debe recorrer muchos años y bancas para obtener un papel que lo acredite como historiador a secas. El viacrucis comenzaba en la escuela primaria, a la que tenían acceso y derecho los niños de cualquier región, y más si eran de clase media o alta. Allí se les daba en casos muy contados, y nunca en más de un curso, la historia de su entidad federativa y, en otro curso, aspectos de la vida hispanoamericana y mundial para concluir, y con mucha insistencia por parte de las instituciones educativas, con historia de bronce, historia patriótica destinada a conservar famas, a proveer a los niños de una moral disfrazada de historia y diferenciada según se impartiera en una escuela pública o de monjas y sacerdotes.

Muy pocos de los especialistas en historia frecuentaron las escuelas donde se fabrican historiadores. En México las facultades de historia todavía se cuentan con los dedos de las manos y sobran dedos. La enseñanza histórica universitaria produce maestros de historia monumental e investigadores de historia científica. La experiencia acumulada por anticuarios y microhistoriadores no se enseña en ningún instituto universitario. Para González (2002): “No es raro que los arrastren las normas de la historia científica, y más aún, las leyes de la historia de bronce” (p. 116). La credulidad y otras formas de la falta de pericia crítica es otro mal mayor. Muchos microhistoriadores siguen ignorando normas antiquísimas para establecer la autoría, la sinceridad y la competencia de documentos, monumentos, tradiciones orales y demás huellas del pasado. La afición o el gusto son la base de todo buen conocimiento de historia particular, pero el rigor metodológico concentra toda la estructura de la investigación. No se puede prescindir del rigor, de la prueba, de la aproximación metódica a lo real.

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la historia. México: El Colegio Nacional. 

De la historia recordada al estudio de la microhistoria

23 Dic

René León Valdez

La microhistoria se enfoca en el estudio de las historias que conformaron a pequeñas localidades que, a su vez, conforman a los grandes territorios del planeta. Es decir, las civilizaciones o culturas étnicas que forman parte de la historia nacional de un país y que, debido a estudios superfluos y falta de interés, no han recibido el tratamiento justo como parte de la identidad de cada pueblo y nación. En el caso mexicano, se requiere la necesidad de hacer una serie de ajustes en la metodología de los manuales para reconstruir la vida de un núcleo específico de personas avecindadas en un espacio corto al que se sienten emotivamente unidas; de personas que se conocen entre sí y que están ligadas por lazos de parentesco con ancestros que ya no se encuentran físicamente y con parientes que todavía permanecen presentes. La materia y los estilos de vida que conforman las pequeñas culturas tienen lo suyo propio. La microhistoria, tanto por los temas en los cuales se ocupa como por el propósito que se ha establecido, es distinta a la historia de una nación o a la historia del mundo o a las monografías históricas que se realizan en los ámbitos académicos.

La microhistoria debe empezar con lo cotidiano y casero, con la historia recordada, con los estilos habituales en casi todas las familias provincianas, con los recuerdos que se comunican en la noche, antes de ir a la cama, a fin de mantener a los vivos en buenas relaciones con los difuntos; con el objetivo de mantener sólidamente el árbol genealógico ligado a sus raíces. La microhistoria es una afinación o retoque de la historia recordada, de la historia oral, que se lleva a cabo dentro del núcleo familiar. Entre las historias contadas por los miembros más antiguos de la localidad de la familia, por los papás, y la microhistoria de corte académico no hay mucha diferencia. Tanto unas como otras resultan de interés para los miembros de la comunidad y los visitantes que se internan en los recuerdos ancestrales del pueblo.

Es decir, la microhistoria debe referir lo que acontece a una comunidad pequeña a lo largo del tiempo para que los miembros de esa comunidad no pierdan el rumbo ni los orígenes de los cuales son descendientes, no repitan errores pasados y no se aparten de la línea hereditaria, de los suyos. Si cada tribu tiene su propio sendero, la microhistoria se encarga de que no lo abandonen sin antes meditar y reflexionar. El cuento microhistórico narra el modo en el que los vivos se derivan de familias o parentescos ancestrales. Gusta de las genealogías, aunque no de los nobles. Cada ser humano tiene su propio árbol genealógico y aún la gente más humilde puede vivir a la sombra de su tronco hereditario. Y en la historia de comunidades mexicanas pequeñas suele haber otro asunto de gran importancia, pero que no ha sido tratado con el interés que se requiere, consecuencia lógica del poco análisis en la microhistoria: las fiestas.

La vida de un pueblo suele concentrarse en las llamadas fiestas patronales. Los habitantes, cuando hablan de sus antepasados, siempre hacen referencias a las buenas fiestas que hubo en fechas determinadas, donde sucedieron cosas que marcaron a la población. El regocijo, la comida, son temas microhistóricos imprescindibles. No se podría comprender bien a ningún pueblo si no se indaga qué come y cómo lo hace. También tienen importancia elementos adicionales como por ejemplo, el que alguien haya descubierto algún tipo de comida o bebida. Si se escribe microhistoria nunca se debe olvidar a los inventores de provincia ni tampoco a héroes de otras localidades que se están historiando. No olvidar a quienes aportaron recursos financieros para la hechura de las torres y demás adornos de la iglesia y de la plaza principal. No olvidar a los ágiles y astutos, los “fortachones” y charros de alcurnia.

No pueden faltar en una buena microhistoria los líderes locales que aglutinaron a su alrededor, en diversas épocas, la voluntad, presencia, participación y espíritu de toda la gente de la localidad. En ocasiones, los poderosos resultaron ser sacerdotes o curas locales. En otras, clásicos caciques; y las más de las veces, caudillos militares surgidos, por voluntad popular, en un momento bélico, como tantos que ha habido en México. Para defenderse de los ejércitos oficiales en pugna, los pueblos de México conformaban a su propio ejército para la lucha armada. Para defenderse de esta lucha constante entre insurgentes y realistas, federalistas y centralistas, conservadores y liberales, revolucionarios y contrarrevolucionarios, el pueblo erigió a sus propios líderes y sus propias milicias, de los que se olvida la historia nacional, pero de los que no debe de olvidarse la microhistoria. 

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la microhistoria. México: El Colegio Nacional. 

La microhistoria como alternativa para el conocimiento histórico nacional

18 Dic

René León Valdez

Para Fernand Braudel, “no existe una historia, un oficio de historiador, sino oficios, historias, una suma de curiosidades, de puntos de vista, de posibilidades”. Tanto el punto de vista, el tema y los recursos de la denominada “Microhistoria” difieren del enfoque, la materia y los instrumentos que intervienen en la formación de las historias que tratan del mundo, de una nación o de un individuo. Sobre la microhistoria se han hecho pocos estudios y análisis debido a que la predominancia de las historias mundiales ha rebasado a los especialistas que incursionan en el estudio de las regiones locales para conocer, como punto de inicio, la historia nacional de un país. Aunque la microhistoria es tan antigua como la global, no cuenta todavía con personajes teóricos y metodólogos, con los cuales ya cuenta la historia nacional. Esta indiferencia ha propiciado su nulo conocimiento a lo largo de varios años.

Para González (2002):

“Hoy que la gran historia, siguiendo el ejemplo de las ciencias humanas sistemáticas, tiende cada vez más a la abstracción, y que la biografía corre hacia el chisme puro, la microhistoria ocupa un sitio decoroso en la república de la historia y ya nada justifica el que no sea objeto de un tratado de teoría y práctica que debería hacerse, por lo disímbolo de la materia, con colaboración internacional” (p. 6).

La escasez de estudios acerca de la microhistoria representa un obstáculo para llegar a conclusiones firmes y concretas, pero representa también un estímulo para la reflexión y el análisis. La denominación microhistoria, así como otros nombres con los que se le designa, no son universalmente aceptados. En Francia, Inglaterra y Estados Unidos la llaman historia local. Este nombre responde por tratarse de un conocimiento “entretenido” dentro de la vida cotidiana municipal o provincial, contraponiéndose a la historia general o nacional. La denominación se presta a equivocaciones y dice poco de la característica mayor de la especie que habita la región en cuestión. Un estudio acerca de los pueblos indígenas de la región nahua en el Estado de México no se limita a un espacio municipal o provincial, y, pese a eso, puede ser una historia de las llamadas locales.

Lo que debe ser motivo de reflexión para los historiadores que empiezan su incursión dentro de la microhistoria es que no importa el tamaño de la región donde se ubica dicho grupo indígena, sino la pequeñez y cohesión del grupo que se estudia, los relatos e historias que se cuentan acerca de él y la poca atención con la cuál reciben un análisis verdaderamente serio. El título de petite histoire, acuñado por los franceses, podría resultar un buen nombre si por ello no se entendiera un género de mala reputación para los historiadores serios de la construcción histórica nacional. Los lectores franceses saben que la petite histoire que circula en el mercado sólo habla de vidas íntimas, crímenes y ejercicios de alcoba de personajes célebres. Hay microhistorias que por afán exhaustivo recogen diversos hechos sin importancia, y debido a este vicio han recibido el apelativo de historias anecdóticas. Un repertorio de anécdotas puede, en un caso dado, servir de fuente a un microhistoriador pero nunca se confundirá con un buen libro de microhistoria.

En los países nórdicos, es decir, Alemania, se usan de forma indistinta los términos de historia regional, historia urbana y el de geografía histórica. El primer término cuenta con las mismas desventajas que el de historia local. El segundo toma la parte por el todo debido a que muchas microhistorias no necesariamente son historias urbanas. Para Nietzsche existen tres tipos de historia: la monumental, la crítica y la anticuaria o arqueológica. A esta última la definió como la que “vuelve sus miradas al solar natal” y gusta de lo pequeño, restringido, antiguo, arqueológico. La denominación de historia anticuaria no sería injusta si la sola palabra en español no fuera despectiva o no nos remitiera al que colecciona objetos antiguos y negocia con ellos. Las denominaciones de historia arqueológica y arqueología no resultan ser las más adecuadas ya que, por derecho, le corresponden a la ciencia que tiene por objeto las formas tangibles y visibles que conservan los vestigios de una actividad humana. Fernand Braudel designa la microhistoria como la “narración de acontecimientos que se inscriben en el tiempo corto”. Sin embargo, en la actualidad es un término inédito, todavía sin significación concreta reconocida por los especialistas, y si no agradable, si eficaz para designar una historia generalmente discriminada como de minucias, devota de lo vetusto y de la patria chica, y que comprende dentro de sus dominios a dos oficios tan viejos como lo son la historia urbana y la de los pueblos.

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la historia. México: El Colegio Nacional. 

El cine mexicano como herramienta para la difusión de la historia prehispánica de México

9 Dic

René León Valdez

El cine es una forma simbólica cultural que muestra un reflejo de la sociedad y la naturaleza que ésta asume dentro del entorno social en el cual se desarrolla. El proceso de creación de historias ficticias o basadas en algún acontecimiento real está condicionado por el entorno de los sujetos que se encargan de dar vida a personajes, situaciones y contextos que serán consumidos por un público en las salas de cine. En el caso especifico del cine de corte histórico, las producciones cinematográficas se guían bajo la premisa de lo que se sabe en su momento sobre el tema histórico que se está desarrollando en las cintas cinematográficas, aunque los más adecuado seria suponer que están influidas por lo que se cree que se sabe sobre el acontecimiento histórico.

Un ejemplo de esto son las cintas que abordan pasajes de nuestra historia nacional, en especifico, sobre la época prehispánica, periodo que nos parece muy lejano por su antigüedad, pero que se muestra rico en cuanto al desarrollo de personajes, historias y escenarios donde se puede apreciar cómo era la vida de los antiguos mexicanos antes de la llegada de los españoles. No hay duda de que en las cintas que desarrollan parte de nuestra historia prehispánica son constantes y visibles los estereotipos y la visión parcial de la compleja estructura social que tuvieron los antiguos mexicanos durante el reinado de culturas milenarias e importantes como los mexicas, teotihuacanos, olmecas, toltecas, mixtecas, zapotecas, mayas, etc. Acercarse a lo que el cine mexicano ha “reproducido” en la pantalla sobre nuestros antepasados no es un ejercicio de ocio para los productores que se aventuraron a producir historias sobre eventos en los que los testimonios orales son pocos y los escritos abundan pero son difíciles de accesar a ellos. Más bien refleja el propio transcurso de la disciplina a lo largo de las últimas décadas del siglo XX.

El cine histórico, de corte prehispánico, debe ser considerado como una fuente más sobre la historia antigua de México y los habitantes que poblaron el Valle de México hace ya mucho tiempo y que dieron origen a las primeras sociedades modernas. Este tipo de cine es una fuente de información de primer orden para el análisis del papel de nuestra historia antigua en la época actual y, ante la pregunta de si existe una cinta de ficción que aborde de modo serio y bien informado la historia de las grandes civilizaciones de Mesoamérica, la respuesta es no. En la medida en que el cine registra en sus producciones modos de vida, ideologías, escenarios públicos y privados, lenguaje, etc., representa una herramienta de gran potencial para la investigación arqueológica, etnológica e histórica. Las películas que tratan sobre algún aspecto de la vida prehispánica de México son abundantes, ya sea como tema principal o como contexto de la trama cinematográfica.

Entre ellas, se pueden listar las producciones fílmicas que desarrollan las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, además de títulos alusivos a la conquista y a los grupos indígenas que siguen habitando el país, aunque su número se ha reducido considerablemente debido a la ola de violencia que se ha apoderado de México durante los últimos sexenios presidenciales. Sin embargo, se siguen manteniendo como ejemplo de la continuidad cultural que caracteriza a la sociedad mexicana. Las producciones se pueden dividir en dos categorías: películas históricas e historias de ficción. En la primera clasificación se comprenden las cintas que intentan recrear una época histórica específica e incluye temas como las vidas, narradas biográficamente, de los gobernantes, las apariciones de la Virgen, la conquista, los primeros años de la Colonia, etc. Junto a éstas, aunque con características distintas, se encuentran las películas relativas a grupos indígenas y los documentales arqueológicos.

Las películas de ficción se presentan en función de la aparición en la trama de algún arqueólogo o de la exploración arqueológica sin la participación de especialistas en la materia. Se hace una breve reseña de las zonas arqueológicas que han sido utilizadas como escenarios para el desarrollo de la trama fílmica y, por último, se presenta una clasificación de las películas de acuerdo al género al que pertenecen: de luchadores, comedia, terror, etc. Es en la época muda, durante los primeros experimentos del cine en México, y en los inicios del sonoro cuando se empiezan a filmar las primeras películas que tenían alguna relación con el mundo prehispánico y las culturas indígenas. Entre las más antiguas filmaciones hechas en México se encuentra una de 1896, con el nombre de “Grupo de indios al pie del árbol de la Noche Triste”. Las películas de estas décadas incluían una cierta cantidad de reportajes que contenían tomas de las zonas arqueológicas y en algunos casos hasta se mostraba la referencia a excavaciones, por ejemplo: “Excavating in Azcapotzalco” (1923).

Referencia

Arqueología Mexicana. Edición Especial No. 49 (2013). La arqueología y el cine mexicano. México: Raíces.