Cómo hacer investigación histórica por medio de la microhistoria

7 Ene

René León Valdez

Una región es entendida como un ámbito territorial que se puede recorrer de punta a punta en un periodo especifico de tiempo, pueden ser dos días si se usa un transporte tradicional, y dos horas si se va en automóvil propio. Una región puede alcanzar una superficie promedio de diez mil kilómetros cuadrados, y sus condiciones naturales son uniformes, casi toda la gente trabaja en lo mismo y los vínculos mercantiles suelen ser estrechos. Los límites de cada región son indefinidos y cambian constantemente. Existen y han existido varios geógrafos que han emprendido el censo de las regiones de la república mexicana: Ángel Bassols Batalla, Claude Bataillon, Claudio Stern, entre otros. La mayoría de ellos coinciden en el señalamiento de un México con casi dos centenares de regiones, algunas tan precisas y claras como el Bajío de Guanajuato y otras menos conocidas que no tienen un nombre oficial.

A partir de la Constitución de 1824 quedó establecido que nuestro país se integraba con estados ya existentes desde tiempos de la Colonia, conocidos en esa época con el nombre de intendencias y provincias, ya fuera en el centro o en el norte del país. La nueva constitución se dio a la tarea de hacer un deslinde preciso, en delimitarlos sin lugar a confusión. En la actualidad, la República Mexicana se conforma por 32 estados sin problemas de limitación territorial. En México abundan los libros sobre pequeñas regiones, terruños, patrias chicas, etc. Algunos se conservan bajo la transmisión oral de generación en generación; otros, manuscritos; varios más, en forma de mecanogramas y mimeogramas; y los menos, impresos. No existe ningún catálogo exhaustivo que recopile estas obras de importancia histórica para la región donde se realizaron.

En los últimos treinta años la producción de monografías municipales ha crecido de forma constante, realizándose obras monumentales, chicas, legibles e ilegibles, algunas más llenas de falsedades y mentiras, con profesionalismo y sin él, etc. La necesidad persiste en llevar un orden sobre la elaboración de estos trabajos que intentan rescatar tradiciones, costumbres, historia, personajes y sucesos de un lugar determinado. Las historias regionales no abundan ni tienen promotores en los institutos de investigación histórica. Son escasas y buenas, aunque en la mayoría de las veces son poco profesionales. Tienen lectores que sin ninguna presión las leen ávidamente. Sin embargo, el problema que salta a la vista es que maestros normalistas y algunos profesionales de la historia han incurrido, de grado o por fuerza, en la elaboración de historias de México, donde lo patriótico hace su aparición desde los primeros capítulos, al igual que un desfile de héroes y personajes.

Uno de los personajes que promovió la elaboración de monografías regionales fue Jaime Torres Bodet y gracias  al fomento que realizó de ellas, aparecieron varios escritos en la Biblioteca Enciclopédica Popular. Desde ese entonces hasta la actualidad se han elaborado trabajos similares que recopilen documentos históricos regionales. Sin embargo, su elaboración implica aspectos positivos y negativos que pueden demeritar o exaltar la calidad de dichos documentos. Es necesario repensar su contenido y su forma. Su nula realización radica también en la forma de elaborarlas. Para poder realizar monografías con un estilo preciso, profundo y, sobre todo, histórico, es deseable que el monógrafo de cada entidad federativa sea una persona muy vinculada con el estado sobre el que escriba y que haya escrito con anterioridad sobre él. 

Los escritores deben tener aptitud para escribir y compilar la monografía con profesionalismo, es recomendable cierta uniformidad en el asunto y en la manera de exponerlo. Se espera que cada una dé una imagen global de la entidad, describa sus paisajes, relate su historia y analice diversos aspectos como su economía, la sociedad, la política, la cultura y sus relaciones con el exterior. Conviene caracterizar cada uno de los paisajes o regiones fisiográficas que engloba el ámbito estatal. La parte histórica debe abarcar la vida de los gobernantes, de las organizaciones económicas y sociales pasadas, de los valores de antaño y de los vínculos que ha tenido la entidad en cuestión con el país y las demás entidades. Se requiere que las nuevas monografías enfaticen la parte contemporánea de la entidad, sin olvidar lo pasado. La última parte en la elaboración de las monografías correspondería a la redacción clara y precisa del texto, además de cuadros, gráficas e ilustraciones que acompañen a la publicación.

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la historia. México: El Colegio Nacional. 

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