Eventualidades del trabajo microhistórico

31 Dic

René León Valdez

El trabajo de investigación microhistórico se enfrenta a una serie de eventualidades por parte del investigador histórico, las cuales, debe sortear para poder llevar a cabo su tarea con una precisión y veracidad puntuales que no deje lugar a dudas sobre el trabajo en el cual ha dedicado gran parte de su tiempo. Sin embargo, son muchos los obstáculos a los cuales se enfrentan los microhistoriadores que inician la aventura de realizar trabajos históricos sobre el origen de poblaciones específicas con el objetivo de desarrollar un trabajo más amplio sobre la historia nacional partiendo, primeramente, de lo provinciano. Para González (2002):

          “El pecado original del reo en este intento de juicio quizá provenga de la triple circunstancia de haber nacido en provincia, en mala hora y en hogar anacrónico. Es innegable que la metrópoli permite el nacimiento de historiadores de la especie anticuaria. […] Comoquiera, el vientre metropolitano produce mucho mayor número de historiadores monumentales y científicos. También el hormiguero chico incuba personas especializadas en aprontar como modelos de buen vivir a héroes y santones del pasado nacional o en rehacer el tejemaneje del mundo histórico en su conjunto” (p. 113).

Para el especialista en microhistoria, los puntos de vista e ideologías conservadoras son el pan de cada día entre los individuos que viven tanto en las ciudades como en los pueblos locales. No es para menos: una larga tradición familiar de antaño permea en la vida actual de las personas modos y estilos de vida que reproducen las viejas prácticas donde no se podían cuestionar determinados hechos o acciones si no se quería caer en “pecado capital” por cuestionar las enseñanzas transmitidas dentro de la familia y en los recintos escolares. Es decir, al microhistoriador mexicano le brota lo conservador por tres razones: por provinciano, por ser perseguido en su provincianismo y por ser descendiente de alguien, sea de familia de grandes señores, tal vez hoy sin brillo por la pobreza; sea de familias de mediana, quizá también venidas a menos.

La curiosidad por desentrañar los misterios que ocultan los árboles genealógicos familiares, así como del pueblo donde se ha nacido es el principal factor para que el trabajo del microhistoriador tenga mayores beneficios, tomando en cuenta que en cada familia se pueden descubrir a figuras y episodios de la estirpe. Es comprensible que un descendiente de la familia sienta interés por el pasado y sacie su inclinación histórica con las diversas redes de recuerdos familiares. Sin embargo, lo más común y más difícil contra lo que se lucha en el trabajo microhistórico es seguir estando atrapados en el vicio del conservadurismo, seguir siendo un ser de antes, muy dado a lo antiguo, con mucha devoción por lo caduco y con poco oficio o sobra de ignorancia o un defecto que la mayoría de las veces ya se posee por herencia: la afición o el diletantismo.

El problema mayor radica en la educación que se imparte en los recintos escolares donde no se dan las suficientes destrezas requeridas para que los estudiantes aprendan historia. El niño interesado por los hechos históricos debía y debe recorrer muchos años y bancas para obtener un papel que lo acredite como historiador a secas. El viacrucis comenzaba en la escuela primaria, a la que tenían acceso y derecho los niños de cualquier región, y más si eran de clase media o alta. Allí se les daba en casos muy contados, y nunca en más de un curso, la historia de su entidad federativa y, en otro curso, aspectos de la vida hispanoamericana y mundial para concluir, y con mucha insistencia por parte de las instituciones educativas, con historia de bronce, historia patriótica destinada a conservar famas, a proveer a los niños de una moral disfrazada de historia y diferenciada según se impartiera en una escuela pública o de monjas y sacerdotes.

Muy pocos de los especialistas en historia frecuentaron las escuelas donde se fabrican historiadores. En México las facultades de historia todavía se cuentan con los dedos de las manos y sobran dedos. La enseñanza histórica universitaria produce maestros de historia monumental e investigadores de historia científica. La experiencia acumulada por anticuarios y microhistoriadores no se enseña en ningún instituto universitario. Para González (2002): “No es raro que los arrastren las normas de la historia científica, y más aún, las leyes de la historia de bronce” (p. 116). La credulidad y otras formas de la falta de pericia crítica es otro mal mayor. Muchos microhistoriadores siguen ignorando normas antiquísimas para establecer la autoría, la sinceridad y la competencia de documentos, monumentos, tradiciones orales y demás huellas del pasado. La afición o el gusto son la base de todo buen conocimiento de historia particular, pero el rigor metodológico concentra toda la estructura de la investigación. No se puede prescindir del rigor, de la prueba, de la aproximación metódica a lo real.

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la historia. México: El Colegio Nacional. 

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