De la historia recordada al estudio de la microhistoria

23 Dic

René León Valdez

La microhistoria se enfoca en el estudio de las historias que conformaron a pequeñas localidades que, a su vez, conforman a los grandes territorios del planeta. Es decir, las civilizaciones o culturas étnicas que forman parte de la historia nacional de un país y que, debido a estudios superfluos y falta de interés, no han recibido el tratamiento justo como parte de la identidad de cada pueblo y nación. En el caso mexicano, se requiere la necesidad de hacer una serie de ajustes en la metodología de los manuales para reconstruir la vida de un núcleo específico de personas avecindadas en un espacio corto al que se sienten emotivamente unidas; de personas que se conocen entre sí y que están ligadas por lazos de parentesco con ancestros que ya no se encuentran físicamente y con parientes que todavía permanecen presentes. La materia y los estilos de vida que conforman las pequeñas culturas tienen lo suyo propio. La microhistoria, tanto por los temas en los cuales se ocupa como por el propósito que se ha establecido, es distinta a la historia de una nación o a la historia del mundo o a las monografías históricas que se realizan en los ámbitos académicos.

La microhistoria debe empezar con lo cotidiano y casero, con la historia recordada, con los estilos habituales en casi todas las familias provincianas, con los recuerdos que se comunican en la noche, antes de ir a la cama, a fin de mantener a los vivos en buenas relaciones con los difuntos; con el objetivo de mantener sólidamente el árbol genealógico ligado a sus raíces. La microhistoria es una afinación o retoque de la historia recordada, de la historia oral, que se lleva a cabo dentro del núcleo familiar. Entre las historias contadas por los miembros más antiguos de la localidad de la familia, por los papás, y la microhistoria de corte académico no hay mucha diferencia. Tanto unas como otras resultan de interés para los miembros de la comunidad y los visitantes que se internan en los recuerdos ancestrales del pueblo.

Es decir, la microhistoria debe referir lo que acontece a una comunidad pequeña a lo largo del tiempo para que los miembros de esa comunidad no pierdan el rumbo ni los orígenes de los cuales son descendientes, no repitan errores pasados y no se aparten de la línea hereditaria, de los suyos. Si cada tribu tiene su propio sendero, la microhistoria se encarga de que no lo abandonen sin antes meditar y reflexionar. El cuento microhistórico narra el modo en el que los vivos se derivan de familias o parentescos ancestrales. Gusta de las genealogías, aunque no de los nobles. Cada ser humano tiene su propio árbol genealógico y aún la gente más humilde puede vivir a la sombra de su tronco hereditario. Y en la historia de comunidades mexicanas pequeñas suele haber otro asunto de gran importancia, pero que no ha sido tratado con el interés que se requiere, consecuencia lógica del poco análisis en la microhistoria: las fiestas.

La vida de un pueblo suele concentrarse en las llamadas fiestas patronales. Los habitantes, cuando hablan de sus antepasados, siempre hacen referencias a las buenas fiestas que hubo en fechas determinadas, donde sucedieron cosas que marcaron a la población. El regocijo, la comida, son temas microhistóricos imprescindibles. No se podría comprender bien a ningún pueblo si no se indaga qué come y cómo lo hace. También tienen importancia elementos adicionales como por ejemplo, el que alguien haya descubierto algún tipo de comida o bebida. Si se escribe microhistoria nunca se debe olvidar a los inventores de provincia ni tampoco a héroes de otras localidades que se están historiando. No olvidar a quienes aportaron recursos financieros para la hechura de las torres y demás adornos de la iglesia y de la plaza principal. No olvidar a los ágiles y astutos, los “fortachones” y charros de alcurnia.

No pueden faltar en una buena microhistoria los líderes locales que aglutinaron a su alrededor, en diversas épocas, la voluntad, presencia, participación y espíritu de toda la gente de la localidad. En ocasiones, los poderosos resultaron ser sacerdotes o curas locales. En otras, clásicos caciques; y las más de las veces, caudillos militares surgidos, por voluntad popular, en un momento bélico, como tantos que ha habido en México. Para defenderse de los ejércitos oficiales en pugna, los pueblos de México conformaban a su propio ejército para la lucha armada. Para defenderse de esta lucha constante entre insurgentes y realistas, federalistas y centralistas, conservadores y liberales, revolucionarios y contrarrevolucionarios, el pueblo erigió a sus propios líderes y sus propias milicias, de los que se olvida la historia nacional, pero de los que no debe de olvidarse la microhistoria. 

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la microhistoria. México: El Colegio Nacional. 

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