La microhistoria como alternativa para el conocimiento histórico nacional

18 Dic

René León Valdez

Para Fernand Braudel, “no existe una historia, un oficio de historiador, sino oficios, historias, una suma de curiosidades, de puntos de vista, de posibilidades”. Tanto el punto de vista, el tema y los recursos de la denominada “Microhistoria” difieren del enfoque, la materia y los instrumentos que intervienen en la formación de las historias que tratan del mundo, de una nación o de un individuo. Sobre la microhistoria se han hecho pocos estudios y análisis debido a que la predominancia de las historias mundiales ha rebasado a los especialistas que incursionan en el estudio de las regiones locales para conocer, como punto de inicio, la historia nacional de un país. Aunque la microhistoria es tan antigua como la global, no cuenta todavía con personajes teóricos y metodólogos, con los cuales ya cuenta la historia nacional. Esta indiferencia ha propiciado su nulo conocimiento a lo largo de varios años.

Para González (2002):

“Hoy que la gran historia, siguiendo el ejemplo de las ciencias humanas sistemáticas, tiende cada vez más a la abstracción, y que la biografía corre hacia el chisme puro, la microhistoria ocupa un sitio decoroso en la república de la historia y ya nada justifica el que no sea objeto de un tratado de teoría y práctica que debería hacerse, por lo disímbolo de la materia, con colaboración internacional” (p. 6).

La escasez de estudios acerca de la microhistoria representa un obstáculo para llegar a conclusiones firmes y concretas, pero representa también un estímulo para la reflexión y el análisis. La denominación microhistoria, así como otros nombres con los que se le designa, no son universalmente aceptados. En Francia, Inglaterra y Estados Unidos la llaman historia local. Este nombre responde por tratarse de un conocimiento “entretenido” dentro de la vida cotidiana municipal o provincial, contraponiéndose a la historia general o nacional. La denominación se presta a equivocaciones y dice poco de la característica mayor de la especie que habita la región en cuestión. Un estudio acerca de los pueblos indígenas de la región nahua en el Estado de México no se limita a un espacio municipal o provincial, y, pese a eso, puede ser una historia de las llamadas locales.

Lo que debe ser motivo de reflexión para los historiadores que empiezan su incursión dentro de la microhistoria es que no importa el tamaño de la región donde se ubica dicho grupo indígena, sino la pequeñez y cohesión del grupo que se estudia, los relatos e historias que se cuentan acerca de él y la poca atención con la cuál reciben un análisis verdaderamente serio. El título de petite histoire, acuñado por los franceses, podría resultar un buen nombre si por ello no se entendiera un género de mala reputación para los historiadores serios de la construcción histórica nacional. Los lectores franceses saben que la petite histoire que circula en el mercado sólo habla de vidas íntimas, crímenes y ejercicios de alcoba de personajes célebres. Hay microhistorias que por afán exhaustivo recogen diversos hechos sin importancia, y debido a este vicio han recibido el apelativo de historias anecdóticas. Un repertorio de anécdotas puede, en un caso dado, servir de fuente a un microhistoriador pero nunca se confundirá con un buen libro de microhistoria.

En los países nórdicos, es decir, Alemania, se usan de forma indistinta los términos de historia regional, historia urbana y el de geografía histórica. El primer término cuenta con las mismas desventajas que el de historia local. El segundo toma la parte por el todo debido a que muchas microhistorias no necesariamente son historias urbanas. Para Nietzsche existen tres tipos de historia: la monumental, la crítica y la anticuaria o arqueológica. A esta última la definió como la que “vuelve sus miradas al solar natal” y gusta de lo pequeño, restringido, antiguo, arqueológico. La denominación de historia anticuaria no sería injusta si la sola palabra en español no fuera despectiva o no nos remitiera al que colecciona objetos antiguos y negocia con ellos. Las denominaciones de historia arqueológica y arqueología no resultan ser las más adecuadas ya que, por derecho, le corresponden a la ciencia que tiene por objeto las formas tangibles y visibles que conservan los vestigios de una actividad humana. Fernand Braudel designa la microhistoria como la “narración de acontecimientos que se inscriben en el tiempo corto”. Sin embargo, en la actualidad es un término inédito, todavía sin significación concreta reconocida por los especialistas, y si no agradable, si eficaz para designar una historia generalmente discriminada como de minucias, devota de lo vetusto y de la patria chica, y que comprende dentro de sus dominios a dos oficios tan viejos como lo son la historia urbana y la de los pueblos.

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la historia. México: El Colegio Nacional. 

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