Archivo | diciembre, 2013

Eventualidades del trabajo microhistórico

31 Dic

René León Valdez

El trabajo de investigación microhistórico se enfrenta a una serie de eventualidades por parte del investigador histórico, las cuales, debe sortear para poder llevar a cabo su tarea con una precisión y veracidad puntuales que no deje lugar a dudas sobre el trabajo en el cual ha dedicado gran parte de su tiempo. Sin embargo, son muchos los obstáculos a los cuales se enfrentan los microhistoriadores que inician la aventura de realizar trabajos históricos sobre el origen de poblaciones específicas con el objetivo de desarrollar un trabajo más amplio sobre la historia nacional partiendo, primeramente, de lo provinciano. Para González (2002):

          “El pecado original del reo en este intento de juicio quizá provenga de la triple circunstancia de haber nacido en provincia, en mala hora y en hogar anacrónico. Es innegable que la metrópoli permite el nacimiento de historiadores de la especie anticuaria. […] Comoquiera, el vientre metropolitano produce mucho mayor número de historiadores monumentales y científicos. También el hormiguero chico incuba personas especializadas en aprontar como modelos de buen vivir a héroes y santones del pasado nacional o en rehacer el tejemaneje del mundo histórico en su conjunto” (p. 113).

Para el especialista en microhistoria, los puntos de vista e ideologías conservadoras son el pan de cada día entre los individuos que viven tanto en las ciudades como en los pueblos locales. No es para menos: una larga tradición familiar de antaño permea en la vida actual de las personas modos y estilos de vida que reproducen las viejas prácticas donde no se podían cuestionar determinados hechos o acciones si no se quería caer en “pecado capital” por cuestionar las enseñanzas transmitidas dentro de la familia y en los recintos escolares. Es decir, al microhistoriador mexicano le brota lo conservador por tres razones: por provinciano, por ser perseguido en su provincianismo y por ser descendiente de alguien, sea de familia de grandes señores, tal vez hoy sin brillo por la pobreza; sea de familias de mediana, quizá también venidas a menos.

La curiosidad por desentrañar los misterios que ocultan los árboles genealógicos familiares, así como del pueblo donde se ha nacido es el principal factor para que el trabajo del microhistoriador tenga mayores beneficios, tomando en cuenta que en cada familia se pueden descubrir a figuras y episodios de la estirpe. Es comprensible que un descendiente de la familia sienta interés por el pasado y sacie su inclinación histórica con las diversas redes de recuerdos familiares. Sin embargo, lo más común y más difícil contra lo que se lucha en el trabajo microhistórico es seguir estando atrapados en el vicio del conservadurismo, seguir siendo un ser de antes, muy dado a lo antiguo, con mucha devoción por lo caduco y con poco oficio o sobra de ignorancia o un defecto que la mayoría de las veces ya se posee por herencia: la afición o el diletantismo.

El problema mayor radica en la educación que se imparte en los recintos escolares donde no se dan las suficientes destrezas requeridas para que los estudiantes aprendan historia. El niño interesado por los hechos históricos debía y debe recorrer muchos años y bancas para obtener un papel que lo acredite como historiador a secas. El viacrucis comenzaba en la escuela primaria, a la que tenían acceso y derecho los niños de cualquier región, y más si eran de clase media o alta. Allí se les daba en casos muy contados, y nunca en más de un curso, la historia de su entidad federativa y, en otro curso, aspectos de la vida hispanoamericana y mundial para concluir, y con mucha insistencia por parte de las instituciones educativas, con historia de bronce, historia patriótica destinada a conservar famas, a proveer a los niños de una moral disfrazada de historia y diferenciada según se impartiera en una escuela pública o de monjas y sacerdotes.

Muy pocos de los especialistas en historia frecuentaron las escuelas donde se fabrican historiadores. En México las facultades de historia todavía se cuentan con los dedos de las manos y sobran dedos. La enseñanza histórica universitaria produce maestros de historia monumental e investigadores de historia científica. La experiencia acumulada por anticuarios y microhistoriadores no se enseña en ningún instituto universitario. Para González (2002): “No es raro que los arrastren las normas de la historia científica, y más aún, las leyes de la historia de bronce” (p. 116). La credulidad y otras formas de la falta de pericia crítica es otro mal mayor. Muchos microhistoriadores siguen ignorando normas antiquísimas para establecer la autoría, la sinceridad y la competencia de documentos, monumentos, tradiciones orales y demás huellas del pasado. La afición o el gusto son la base de todo buen conocimiento de historia particular, pero el rigor metodológico concentra toda la estructura de la investigación. No se puede prescindir del rigor, de la prueba, de la aproximación metódica a lo real.

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la historia. México: El Colegio Nacional. 

De la historia recordada al estudio de la microhistoria

23 Dic

René León Valdez

La microhistoria se enfoca en el estudio de las historias que conformaron a pequeñas localidades que, a su vez, conforman a los grandes territorios del planeta. Es decir, las civilizaciones o culturas étnicas que forman parte de la historia nacional de un país y que, debido a estudios superfluos y falta de interés, no han recibido el tratamiento justo como parte de la identidad de cada pueblo y nación. En el caso mexicano, se requiere la necesidad de hacer una serie de ajustes en la metodología de los manuales para reconstruir la vida de un núcleo específico de personas avecindadas en un espacio corto al que se sienten emotivamente unidas; de personas que se conocen entre sí y que están ligadas por lazos de parentesco con ancestros que ya no se encuentran físicamente y con parientes que todavía permanecen presentes. La materia y los estilos de vida que conforman las pequeñas culturas tienen lo suyo propio. La microhistoria, tanto por los temas en los cuales se ocupa como por el propósito que se ha establecido, es distinta a la historia de una nación o a la historia del mundo o a las monografías históricas que se realizan en los ámbitos académicos.

La microhistoria debe empezar con lo cotidiano y casero, con la historia recordada, con los estilos habituales en casi todas las familias provincianas, con los recuerdos que se comunican en la noche, antes de ir a la cama, a fin de mantener a los vivos en buenas relaciones con los difuntos; con el objetivo de mantener sólidamente el árbol genealógico ligado a sus raíces. La microhistoria es una afinación o retoque de la historia recordada, de la historia oral, que se lleva a cabo dentro del núcleo familiar. Entre las historias contadas por los miembros más antiguos de la localidad de la familia, por los papás, y la microhistoria de corte académico no hay mucha diferencia. Tanto unas como otras resultan de interés para los miembros de la comunidad y los visitantes que se internan en los recuerdos ancestrales del pueblo.

Es decir, la microhistoria debe referir lo que acontece a una comunidad pequeña a lo largo del tiempo para que los miembros de esa comunidad no pierdan el rumbo ni los orígenes de los cuales son descendientes, no repitan errores pasados y no se aparten de la línea hereditaria, de los suyos. Si cada tribu tiene su propio sendero, la microhistoria se encarga de que no lo abandonen sin antes meditar y reflexionar. El cuento microhistórico narra el modo en el que los vivos se derivan de familias o parentescos ancestrales. Gusta de las genealogías, aunque no de los nobles. Cada ser humano tiene su propio árbol genealógico y aún la gente más humilde puede vivir a la sombra de su tronco hereditario. Y en la historia de comunidades mexicanas pequeñas suele haber otro asunto de gran importancia, pero que no ha sido tratado con el interés que se requiere, consecuencia lógica del poco análisis en la microhistoria: las fiestas.

La vida de un pueblo suele concentrarse en las llamadas fiestas patronales. Los habitantes, cuando hablan de sus antepasados, siempre hacen referencias a las buenas fiestas que hubo en fechas determinadas, donde sucedieron cosas que marcaron a la población. El regocijo, la comida, son temas microhistóricos imprescindibles. No se podría comprender bien a ningún pueblo si no se indaga qué come y cómo lo hace. También tienen importancia elementos adicionales como por ejemplo, el que alguien haya descubierto algún tipo de comida o bebida. Si se escribe microhistoria nunca se debe olvidar a los inventores de provincia ni tampoco a héroes de otras localidades que se están historiando. No olvidar a quienes aportaron recursos financieros para la hechura de las torres y demás adornos de la iglesia y de la plaza principal. No olvidar a los ágiles y astutos, los “fortachones” y charros de alcurnia.

No pueden faltar en una buena microhistoria los líderes locales que aglutinaron a su alrededor, en diversas épocas, la voluntad, presencia, participación y espíritu de toda la gente de la localidad. En ocasiones, los poderosos resultaron ser sacerdotes o curas locales. En otras, clásicos caciques; y las más de las veces, caudillos militares surgidos, por voluntad popular, en un momento bélico, como tantos que ha habido en México. Para defenderse de los ejércitos oficiales en pugna, los pueblos de México conformaban a su propio ejército para la lucha armada. Para defenderse de esta lucha constante entre insurgentes y realistas, federalistas y centralistas, conservadores y liberales, revolucionarios y contrarrevolucionarios, el pueblo erigió a sus propios líderes y sus propias milicias, de los que se olvida la historia nacional, pero de los que no debe de olvidarse la microhistoria. 

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la microhistoria. México: El Colegio Nacional. 

La microhistoria como alternativa para el conocimiento histórico nacional

18 Dic

René León Valdez

Para Fernand Braudel, “no existe una historia, un oficio de historiador, sino oficios, historias, una suma de curiosidades, de puntos de vista, de posibilidades”. Tanto el punto de vista, el tema y los recursos de la denominada “Microhistoria” difieren del enfoque, la materia y los instrumentos que intervienen en la formación de las historias que tratan del mundo, de una nación o de un individuo. Sobre la microhistoria se han hecho pocos estudios y análisis debido a que la predominancia de las historias mundiales ha rebasado a los especialistas que incursionan en el estudio de las regiones locales para conocer, como punto de inicio, la historia nacional de un país. Aunque la microhistoria es tan antigua como la global, no cuenta todavía con personajes teóricos y metodólogos, con los cuales ya cuenta la historia nacional. Esta indiferencia ha propiciado su nulo conocimiento a lo largo de varios años.

Para González (2002):

“Hoy que la gran historia, siguiendo el ejemplo de las ciencias humanas sistemáticas, tiende cada vez más a la abstracción, y que la biografía corre hacia el chisme puro, la microhistoria ocupa un sitio decoroso en la república de la historia y ya nada justifica el que no sea objeto de un tratado de teoría y práctica que debería hacerse, por lo disímbolo de la materia, con colaboración internacional” (p. 6).

La escasez de estudios acerca de la microhistoria representa un obstáculo para llegar a conclusiones firmes y concretas, pero representa también un estímulo para la reflexión y el análisis. La denominación microhistoria, así como otros nombres con los que se le designa, no son universalmente aceptados. En Francia, Inglaterra y Estados Unidos la llaman historia local. Este nombre responde por tratarse de un conocimiento “entretenido” dentro de la vida cotidiana municipal o provincial, contraponiéndose a la historia general o nacional. La denominación se presta a equivocaciones y dice poco de la característica mayor de la especie que habita la región en cuestión. Un estudio acerca de los pueblos indígenas de la región nahua en el Estado de México no se limita a un espacio municipal o provincial, y, pese a eso, puede ser una historia de las llamadas locales.

Lo que debe ser motivo de reflexión para los historiadores que empiezan su incursión dentro de la microhistoria es que no importa el tamaño de la región donde se ubica dicho grupo indígena, sino la pequeñez y cohesión del grupo que se estudia, los relatos e historias que se cuentan acerca de él y la poca atención con la cuál reciben un análisis verdaderamente serio. El título de petite histoire, acuñado por los franceses, podría resultar un buen nombre si por ello no se entendiera un género de mala reputación para los historiadores serios de la construcción histórica nacional. Los lectores franceses saben que la petite histoire que circula en el mercado sólo habla de vidas íntimas, crímenes y ejercicios de alcoba de personajes célebres. Hay microhistorias que por afán exhaustivo recogen diversos hechos sin importancia, y debido a este vicio han recibido el apelativo de historias anecdóticas. Un repertorio de anécdotas puede, en un caso dado, servir de fuente a un microhistoriador pero nunca se confundirá con un buen libro de microhistoria.

En los países nórdicos, es decir, Alemania, se usan de forma indistinta los términos de historia regional, historia urbana y el de geografía histórica. El primer término cuenta con las mismas desventajas que el de historia local. El segundo toma la parte por el todo debido a que muchas microhistorias no necesariamente son historias urbanas. Para Nietzsche existen tres tipos de historia: la monumental, la crítica y la anticuaria o arqueológica. A esta última la definió como la que “vuelve sus miradas al solar natal” y gusta de lo pequeño, restringido, antiguo, arqueológico. La denominación de historia anticuaria no sería injusta si la sola palabra en español no fuera despectiva o no nos remitiera al que colecciona objetos antiguos y negocia con ellos. Las denominaciones de historia arqueológica y arqueología no resultan ser las más adecuadas ya que, por derecho, le corresponden a la ciencia que tiene por objeto las formas tangibles y visibles que conservan los vestigios de una actividad humana. Fernand Braudel designa la microhistoria como la “narración de acontecimientos que se inscriben en el tiempo corto”. Sin embargo, en la actualidad es un término inédito, todavía sin significación concreta reconocida por los especialistas, y si no agradable, si eficaz para designar una historia generalmente discriminada como de minucias, devota de lo vetusto y de la patria chica, y que comprende dentro de sus dominios a dos oficios tan viejos como lo son la historia urbana y la de los pueblos.

Referencias

González y González, L. (2002). Obras I, Segunda Parte. El oficio de historiar: Invitación a la microhistoria; Difusión de la historia. México: El Colegio Nacional. 

Las redes sociales: vínculos a distancia

14 Dic

Por: Alejandro Sampedro Mendoza

Ante la emergencia de un nuevo mundo, el cual Jesús Galindo lo denomina como ciberespacio, surgen al mismo tiempo otras maneras de organización y contacto. Un siglo atrás, nadie habría imaginado la posibilidad de comunicación a miles de kilómetros “en tiempo real”. Según Galindo (2001), en este mundo algunos lo viven aparte con nuevas formas y reglas. En efecto, hoy día los cibernautas navegamos por la red conforme a nuestros intereses.

Pero, ¿Qué pasa cuando nos topamos con individuos que comparten inquietudes similares a las de nosotros? Lo más seguro es que empezamos a relacionarnos por medio de las plataformas virtuales para conversar y “ser amigos”. A groso modo esta es la dinámica primitiva con la que funciona eso que llamamos como redes sociales, producto de las TICs. Se trata de estructuras compuestas por personas conectadas por uno o varios tipos de relación con intereses en común (Islas & Ricaurte, 2013).

Experiencia de un acercamiento a las TICs – Investigación

En un artículo titulado TICs y cultura de investigación, expliqué algunos aspectos sobre la práctica que realizamos en el grupo 1701 de la pre-especialidad en investigación y docencia apropósito del uso de estas tecnologías aplicadas a los proceso de investigación. Los resultados nos indicaron la necesidad de su manejo y actitud crítica para la coordinación de acciones. Además, A partir de los resultados que se obtuvieron con respecto a un diagnóstico de la cultura de investigación de algunos especialistas, existen coincidencias en relación con lo planteado por Margarita Maas (2007): hay un bajo nivel de competencia tecnológica y cibercultura@l.

Mencioné también el diseño de sistemas de información electrónicos que nos permitieron la construcción de objetos de estudio por líneas de investigación y que para ello, tuvo que trazarse un proyecto de investigación por cada una. El proyecto que está a cargo de la línea en que trabajo, se titula: Las redes sociales y la formación de vínculos afectivos.
Este planteamiento surgió a partir de un problema práctico detectado en notas periodísticas halladas en la web, las cuales señalan diversos conflictos entre parejas debido al uso de las redes sociales. Una de las notas, se basó en un estudio cuantitativo realizado por la Universidad de Missouri y acusó responsabilizó a Facebook por los problemas en las relaciones amorosas.
Sin embargo, en México solo tres tesis han abordado el proceso del enamoramiento en las redes, aunque ninguna sobre los supuestos malentendidos. Por esta razón, decidí proponer una investigación al respecto. No obstante es posible trazar otros temas que guarden relación con la comunicación y las TICs. Con este fin surgió la línea de investigación en comunicación y tecnología, la cual se enfoca al estudio de los procesos de comunicación que se llevan a cabo a través de los recursos digitales y/o telecomunicaciones.

El contexto que engloba a las tecnologías digitales está constituido por la web, espacios de chat, blogs, audio y vídeo en línea (AMIC, 2013). De esta manera, todas aquellas personas interesadas en estos temas podrán contribuir a la construcción de objetos de estudio bajo esta línea.

Referencias:

Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación, (30 de junio, 2013). Recuperado el 01 de octubre del 2013, de: http://www.amicmexico.org/amic/index.php?option=com_content&task=view&id=20&Itemid=40

Galindo, C. L. J. (2001). Redes y comunidades virtuales. Grupo de Acción en Cultura de Investigación. Recuperado el 30 de noviembre del 2013, de: http://www.geocites.com/diplotecnicas/diplomado.htm

González, J.; Amozurrutia, J.; & Maas, M. (2007). Cibercultura e iniciación a la investigación. México: CEIICH, UNAM.

Islas, O. & Ricaurte, P. (2013). Investigar las redes Sociales. Comunicación total en la ubicuidad. México: Razón y Palabra.

El cine mexicano como herramienta para la difusión de la historia prehispánica de México

9 Dic

René León Valdez

El cine es una forma simbólica cultural que muestra un reflejo de la sociedad y la naturaleza que ésta asume dentro del entorno social en el cual se desarrolla. El proceso de creación de historias ficticias o basadas en algún acontecimiento real está condicionado por el entorno de los sujetos que se encargan de dar vida a personajes, situaciones y contextos que serán consumidos por un público en las salas de cine. En el caso especifico del cine de corte histórico, las producciones cinematográficas se guían bajo la premisa de lo que se sabe en su momento sobre el tema histórico que se está desarrollando en las cintas cinematográficas, aunque los más adecuado seria suponer que están influidas por lo que se cree que se sabe sobre el acontecimiento histórico.

Un ejemplo de esto son las cintas que abordan pasajes de nuestra historia nacional, en especifico, sobre la época prehispánica, periodo que nos parece muy lejano por su antigüedad, pero que se muestra rico en cuanto al desarrollo de personajes, historias y escenarios donde se puede apreciar cómo era la vida de los antiguos mexicanos antes de la llegada de los españoles. No hay duda de que en las cintas que desarrollan parte de nuestra historia prehispánica son constantes y visibles los estereotipos y la visión parcial de la compleja estructura social que tuvieron los antiguos mexicanos durante el reinado de culturas milenarias e importantes como los mexicas, teotihuacanos, olmecas, toltecas, mixtecas, zapotecas, mayas, etc. Acercarse a lo que el cine mexicano ha “reproducido” en la pantalla sobre nuestros antepasados no es un ejercicio de ocio para los productores que se aventuraron a producir historias sobre eventos en los que los testimonios orales son pocos y los escritos abundan pero son difíciles de accesar a ellos. Más bien refleja el propio transcurso de la disciplina a lo largo de las últimas décadas del siglo XX.

El cine histórico, de corte prehispánico, debe ser considerado como una fuente más sobre la historia antigua de México y los habitantes que poblaron el Valle de México hace ya mucho tiempo y que dieron origen a las primeras sociedades modernas. Este tipo de cine es una fuente de información de primer orden para el análisis del papel de nuestra historia antigua en la época actual y, ante la pregunta de si existe una cinta de ficción que aborde de modo serio y bien informado la historia de las grandes civilizaciones de Mesoamérica, la respuesta es no. En la medida en que el cine registra en sus producciones modos de vida, ideologías, escenarios públicos y privados, lenguaje, etc., representa una herramienta de gran potencial para la investigación arqueológica, etnológica e histórica. Las películas que tratan sobre algún aspecto de la vida prehispánica de México son abundantes, ya sea como tema principal o como contexto de la trama cinematográfica.

Entre ellas, se pueden listar las producciones fílmicas que desarrollan las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, además de títulos alusivos a la conquista y a los grupos indígenas que siguen habitando el país, aunque su número se ha reducido considerablemente debido a la ola de violencia que se ha apoderado de México durante los últimos sexenios presidenciales. Sin embargo, se siguen manteniendo como ejemplo de la continuidad cultural que caracteriza a la sociedad mexicana. Las producciones se pueden dividir en dos categorías: películas históricas e historias de ficción. En la primera clasificación se comprenden las cintas que intentan recrear una época histórica específica e incluye temas como las vidas, narradas biográficamente, de los gobernantes, las apariciones de la Virgen, la conquista, los primeros años de la Colonia, etc. Junto a éstas, aunque con características distintas, se encuentran las películas relativas a grupos indígenas y los documentales arqueológicos.

Las películas de ficción se presentan en función de la aparición en la trama de algún arqueólogo o de la exploración arqueológica sin la participación de especialistas en la materia. Se hace una breve reseña de las zonas arqueológicas que han sido utilizadas como escenarios para el desarrollo de la trama fílmica y, por último, se presenta una clasificación de las películas de acuerdo al género al que pertenecen: de luchadores, comedia, terror, etc. Es en la época muda, durante los primeros experimentos del cine en México, y en los inicios del sonoro cuando se empiezan a filmar las primeras películas que tenían alguna relación con el mundo prehispánico y las culturas indígenas. Entre las más antiguas filmaciones hechas en México se encuentra una de 1896, con el nombre de “Grupo de indios al pie del árbol de la Noche Triste”. Las películas de estas décadas incluían una cierta cantidad de reportajes que contenían tomas de las zonas arqueológicas y en algunos casos hasta se mostraba la referencia a excavaciones, por ejemplo: “Excavating in Azcapotzalco” (1923).

Referencia

Arqueología Mexicana. Edición Especial No. 49 (2013). La arqueología y el cine mexicano. México: Raíces.

 

TICs y cultura de investigación: experiencia de un acercamiento

5 Dic

RESUMEN

La vinculación de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs) a los procesos de investigación, hoy día es una necesidad para la gestión del conocimiento científico. En el presente texto, se enunciará su importancia a partir de una experiencia práctica llevada a cabo entre investigadores en formación y especialistas, así como la relevancia de la coordinación de acciones a través de estas tecnologías.

Palabras clave: TICs, Cultura de investigación, coordinación de acciones

Abstract

Linking Information Technology and Communication (ICT) to the research process, it is now a need for the management of scientific knowledge. Herein, shall state its importance from a practical experiment carried out between researchers and specialists in training, and the importance of coordinating actions through these technologies.

Keywords: ICT, Culture research, coordination of actions

Introducción

Gracias a la comunicación sobrevivimos como especie y a través de ella, hemos sido capaces de crear herramientas para la solución de diversos problemas. Al conjunto de estas herramientas, le denominamos tecnología. La tecnología a su vez, modifica en los individuos sus mecanismos de percepción sensorial y transforma los hábitos, la cultura y hasta la conciencia de aquellos (Díaz, 1995).

Las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs) podrían definirse como sistemas y recursos para la elaboración, almacenamiento y difusión digitalizada de la información (Cejas & Picorel, 2009), que a su vez permiten acceder a la información y comunicarse mejor (Echeverría, 2008).

Con el desarrollo de las TICs, las interacciones entre las personas tuvieron otra forma de llevarse a cabo. Son precisamente las encargadas de ofrecer la posibilidad de acceso al mundo creado desde la Sociedad de la Información y han contribuido de manera definitiva a la descentralización de las actividades productivas y a la aparición del llamado “trabajo inmaterial”, que involucra a la manipulación del conocimiento e información (Sandoval, 2007).

De acuerdo con el enunciado anterior, se deduce que la materia prima de estas tecnologías es la información, elemento clave del que se vale la investigación, misma que se trata de un ciclo que consiste en el uso de la información para indagar a partir de lo que se conoce, transformarlo y así generar nuevos tipos de conocimiento.

Conocemos con el objetivo de construir el mundo en que vivimos y en consecuencia actuar sobre él; los modos en que hacemos posible esta actividad, le denominamos como cultura de investigación. No obstante, los fines que ha tenido tal actividad no necesariamente han tenido que ver siempre con aspectos positivos.

Así como lo enuncia Martín Serrano (1991), hay dos enfoques: el saber instrumental y el saber científico. El segundo está orientado a la concientización de las personas sobre su existencia como individuos y a la vez como miembros de un sistema social que funciona a través de las interacciones entre ellos, mientras que el primero tiene como fin el control de estos seres. Tal práctica guarda cierta relación con las TICs, que pareciera ser que presentan características de ambas perspectivas, en cuanto al acceso de la información para la reflexión y para la creación de nuevas conductas.

Por esta razón es necesario vincular la cultura de la investigación con el uso de las TICs, para

hacer saber a la sociedad los problemas que enfrentamos en especie y que de no resolverse, desencadenarían en otros más graves a tal grado de llevarnos a nuestra propia extinción. Sin embargo, debido a la expansión del sistema capitalista, tal objetivo se complica debido a la instrumentalización de los medios y de la propia tecnología.

Metodología

Hasta aquí se ha mencionado la conceptualización de las TICs y de la relevancia de vincularlas con la cultura de investigación. Ahora, corresponde detallar una experiencia llevada a cabo para la práctica de esta propuesta.

Entre los meses de septiembre y noviembre del 2013, en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la UNAM, el grupo 1701 de la pre-especialidad en Investigación y Docencia en la carrera de Comunicación, llevó a cabo la construcción de un objeto de estudio por líneas de investigación, las cuales fueron:

 Comunicación y cultura

 Comunicación y educación

 Comunicación y género

 Comunicación y participación ciudadana

 Comunicación y sociedad

 Comunicación y tecnología

Para lo que fue necesario elaborar sistemas de información electrónicos haciendo uso de la paquetería básica de la compañía Office. Se utilizó el programa Microsoft Excel y en esta plataforma, se capturó la construcción de objetos de estudio obteniéndose un total de 16, cada uno con cinco versiones diferentes.

Para la comunicación a través de Internet, se creó un grupo virtual en la red social Facebook y de esta manera los autores de los sistemas mantuvieron contacto entre sí. Además, para el almacenamiento y libre acceso a los sistemas

de datos, fue utilizado el software Dropbox. Finalmente, a través de un blog en la Red se publicaron los detalles y estado de cada una de las líneas de investigación.

A mediados de octubre, fue diseñada una actividad para contactar en la red a especialistas relacionados con las líneas publicadas. El objetivo consistía en realizar un diagnóstico sobre la cultura de investigación de esos investigadores en relación con el uso de las TICs. De esta manera, se diseñó una adaptación de la técnica Delphi, que de acuerdo con Garavaliay Gredler (2004) y Landeta (2006), citados en Yáñez & Cuadra (2008); trata de lograr un consenso fiable entre las opiniones de un grupo de expertos, a través de una serie de cuestionarios.

Las entrevistas se llevarían a cabo por medio de las plataformas electrónicas que hacen posible la transferencia de audio y video por Internet. Fueron enviados 30 correos electrónicos en los que se solicitaba la concesión para llevar a cabo esta actividad. 20 especialistas se negaron a colaborar y solo cuatro aceptaron participar, de los cuales, solo tres se presentaron a las entrevistas que fueron programadas de acuerdo a la disposición de su tiempo.

Resultados

Como investigadores en formación, los integrantes del grupo 1701 presentaron al principio del curso algunas limitaciones para la búsqueda de información en la red, debido al desconocimiento de los buscadores especializados. A pesar de la creación del grupo virtual en la red social Facebook, ocurrió una fragmentación entre ellos, lo que complicó sus interacciones, reflejándose en poca o nula comunicación y que repercutió en la administración de

las líneas de investigación, donde en algunos casos quedaron a cargo de una sola persona.

De acuerdo con la información proporcionada por los especialistas entrevistados, ellos coinciden en el uso de los recursos electrónicos para el almacenamiento de datos recopilados. Por otra parte, aceptan la importancia de emplear las TICs para la realización de sus investigaciones, específicamente en la búsqueda de información, aunque todos ellos comunican sus resultados únicamente al concluir el proceso, es decir, al publicar sus respectivos artículos sobre lo investigado.

Discusión

Antoni Brey (2009) denuncia un proceso de individualización que ocurre en la sociedad actual que ha dado como resultado la incapacidad de asumir compromisos de manera colectiva, lo cual se relaciona con la fragmentación ocurrida en el grupo 1701 y que evidencia la imposibilidad de llevar a cabo procesos de investigación de manera aislada. Es imprescindible la participación colectiva para la gestión del conocimiento científico, mismo que culmina con su divulgación; ciencia que no se comunica, es ciencia que no existe.

A partir de los resultados que se obtuvieron con respecto al diagnóstico de la cultura de investigación de algunos especialistas, existen coincidencias en relación con lo planteado por Margarita Maas (2007): hay un bajo nivel de competencia tecnológica y cibercultura@l. Debido a esto, la comunicación

científica presenta rezagos en comparación con otros países, aunque está claro que ese no es el único factor que incide en el problema.

En relación con lo anterior, el campo de la investigación en México actualmente se encuentra marginado. De acuerdo con el Ranking Académico de Universidades del Mundo, 2013 la Universidad Nacional Autónoma de México ocupa el lugar número 151 en cuanto a artículos indexados en el Science Citation Index-expadend y Social Science Citation Index. Y si hablamos del ranking que agrupa a las 400 mejores universidades del mundo en los períodos 2010 y 2013, en ningún lugar figura la UNAM.

A partir de las cifras anteriores, resulta difícil hablar de una cultura de investigación, empezando principalmente por la forma en que es enseñada en las escuelas, lugares en donde predomina un enfoque positivista-empirista, que según este, el conocimiento de la realidad se captura a través de experiencias sensoriales que captamos como irritaciones nerviosas (González, 2007).

De hecho Marta Rizo (2006), explica la necesidad de una pedagogía de la investigación que esté basada en la práctica y no en la mera enseñanza del repertorio teórico de técnicas. Tal práctica implica que los estudiantes se asuman como sujetos constructores de conocimiento; por lo que es necesario un cambio de perspectiva para empezar a desarrollar una adecuada cultura de investigación.

Debido al proceso de globalización, la información en Internet crece de manera vertiginosa en relación con nuestra capacidad de procesarla (Mayos, 2009), y a pesar de que aparentemente vivimos en un mundo hiperconectado, los

resultados de la experiencia ya descrita en este trabajo, nos muestra otra realidad, además de que los vínculos que establecemos con otros individuos se llevan a cabo ahora en un medio artificial que nos permite mantenernos en contacto permanente con otras personas, desconectándonos de la realidad (Brey, 2009).

Por esa razón, no solamente es necesario un desarrollo de habilidades para el manejo de las TICs, sino también de una actitud crítica frente a su operación para la coordinación de acciones. Para Morín (2009), esto es no perder de vista el contexto en el que nos desenvolvemos, además de la enseñanza de la condición humana que no haga de las personas meros objetos mecanizados, sino seres capaces de actuar en su mundo con los otros para el desarrollo y resolución de problemas en conjunto.

De hecho, a eso se refiere Margarita Maas cuando nos habla sobre las Comunidades Emergentes de Conocimiento y el enfoque cibercultur@l que a lo largo de aquel texto se propone, siempre y cuando caigamos en lo que Morín denomina como las cegueras del conocimiento: el error y la ilusión.

Conclusión

El desarrollo de una cultura de investigación requiere de un cambio en la perspectiva de su enseñanza vinculada a la práctica, desde una mirada hacia el contexto en el que nos desenvolvemos, con el fin de gestionar conocimiento útil para la resolución de los problemas que afectan a un determinado entorno. Tal

objetivo solo será posible si se hace un uso adecuado de las TICs para el establecimiento de acuerdos entre especialistas en la materia.

Además, es importante llevar a cabo procesos de comunicación entre los investigadores en formación, pues mediante las relaciones y el diálogo se eliminan barreras que obstaculizan la coordinación de acciones y permite un flujo continuo de ideas en la construcción de objetos de estudio, en el desarrollo de la investigación y en la propuesta de alternativas de intervención que más adelante, serán vitales en el campo aplicación.

 Alejandro Sampedro Mendoza

sampedro.unam@gmail.com

Licenciatura en Comunicación

Pre-especialidad en Investigación y Docencia

Universidad Nacional Autónoma de México

Facultad de Estudios Superiores Acatlán

Referencias consultadas:

 Academic Ranking of World Universities (2013). Recuperado el 24 de septiembre del 2013 de: http://www.shanghairanking.com/

 Brey, A.; Inneraty, D.; & Mayos, G. (2009). La sociedad de la Ignorancia y otros ensayos. Barcelona: Libros infronimia

 Cejas, C. & Picorel, J. TICs: Tecnologías de la información y comunicación. Revista argentina de radiología 2009; 73(2): 205-211

 Díaz, N.B (1995). Nuevas tecnologías informativas. Madrid: UCM

 Echeverría, J. Apropiación social de las tecnologías de la información y comunicación. Revista Iberoamericana de Ciencia, tecnología y Sociedad, 2008; 4(10); 171-182

 González, J.; Amozurrutia, J.; & Maas, M. (2007). Cibercultura e iniciación a la investigación. México: CEIICH, UNAM.

Islas, O. & Ricaurte, P. (2013). Investigar las redes Sociales. Comunicación total en la ubicuidad. México: Razón y Palabra.

 Martín S, M. (1991). Teoría de la comunicación: epistemología y análisis de la referencia. México: FES-Acatlán, UNAM.

 Morín, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Francia: UNESCO

 Sandoval, F. E. A. Cibersocioantropología de comunidades virtuales. Revista argentina de sociología 2007; 5(9): 64-89

 University Rankings (2013). Times Higher Education World University Rankings. Recuperado el 24 de septiembre del 2013 de: http://www.timeshighereducation.co.uk/world-university-rankings/

La televisión y la historia

3 Dic

Después de ver una serie televisiva de contenido histórico surgen numerosas dudas entre los estudiantes que pueden ser hábilmente aprovechadas por el maestro para profundizar y aclarar la circunstancia histórica. Tal es el momento de tomar el interés que acaba de manifestarse en el estudiante para que éste se lance con entusiasmo a la investigación del acontecer histórico, pues los que estudian se dan cuenta que para entenderlo necesitan conocer los antecedentes y con esa duda algunos recurren a la búsqueda en libros de historia. Una de las ventajas que ofrece la televisión es que todos pueden ver el programa desde sus hogares, permitiendo el acceso de los estudiantes a ella.

Se pueden formar equipos y en un ambiente en el que todos conocen el tema que se va a tratar, trabajar colectivamente. Al principio es más fácil para el estudiante ver la televisión que leer un libro. El siguiente paso a seguir es que el profesor cree un clima de libertad en el salón, donde los estudiantes se sientan dueños de poder expresar su opinión abiertamente. El programa de televisión se convierte en material de apoyo; es el pretexto para cuestionar y pensar sobre un tema; y una vez que los estudiantes han dado este paso se presenta en ellos una actitud reflexiva, crítica, transformadora que, de ser adecuadamente instrumentada, puede constituirse en el principal muro de contención frente a los mensajes nocivos importados y también en una de las formas más productivas para adaptar o recrear aquellos contenidos que pueden servir a nuestro desarrollo.

Sin necesidad de otras inversiones que las resultantes del mayor y mejor empleo de los recursos humanos y de nuestra capacidad creativa, estaríamos en condiciones de aprovechar la producción externa, para revertir su sentido, o para tratar de incorporarla crítica y activamente a nuestro bagaje cultural.

 Referencias

López Machorro, E. (1990). “La televisión como material de apoyo en la enseñanza de la historia”, en Lerner Sigal, Victoria, La enseñanza de Clío. Prácticas y propuestas para una didáctica de la historia. México: UNAM-CISE-Instituto Mora, pp. 305-309.